Las palabras inundan nuestro mundo. Están ahí, presentes en todo lo que hacemos. Ya sean palabras mudas o ruidosas.
Nos pegan, nos acarician, nos alientan y nos condenan. Son conductoras de sensaciones.
No pueden ser encerradas, no pueden ser prohibidas. Son libres como el aire y son tan necesarias como el oxigeno, porque nos ayudan a respirar y a sacar, lo bueno y lo malo, que llevamos dentro.
Las palabras están ahí, solo hay que buscarlas, tocarlas, sentirlas y respirarlas.
Y si son palabras tiernas, dulce, amigables, mejor.





